Bitácora 12
“La mentira tiene una finalidad evolutiva”.
Escribo esto mientras suena Julio Jaramillo con Ódiame de fondo en Spotify y no, no creo que sea casualidad. Para mí, pensar en odiar a alguien que alguna vez amaste ya es, en sí mismo, una contradicción que dice mucho sobre cómo hablamos, cómo sentimos y, sobre todo, sobre cómo mentimos. Nos mentimos para protegernos, para sostener algo, para no rompernos, incluso sin darnos cuenta.
Hoy estoy más filosófica de lo normal, pero tiene sentido, hubo puente: viernes, sábado y domingo, y tuve el tiempo de sentarme a escribir sin afán. Se nota la diferencia. Cuando uno escribe así, con calma, las ideas empiezan a conectarse distinto. A mí me gusta escribir, siempre me ha gustado, desde la escuela. Me gusta perderme un poco en lo que voy pensando mientras escribo y decirlo tal cual. Entonces, si en algún punto me desvío, hace parte del proceso y, más que eso, hace parte de mí.
Pero bueno, ahora sí, la clase.
Ese día empezamos leyendo la bitácora de una compañera que ya terminó su proceso. ¿Qué significa eso? Que ya no presenta trabajo final. Llegó a un punto en el que sus bitácoras demostraron que entendió la investigación, que sabe analizar, conectar y aplicar lo que ve en clase a lo que vive. Cobos le reconoció eso y la eximió. Me parece fuerte, en el buen sentido. Es como decir: ya lo entendiste, ya lo haces, no necesitas más prueba.
Después pasó algo que no me esperaba: leyeron mi bitácora.
Y aquí hay algo muy mío. Me encanta escribir, lo disfruto, me siento cómoda haciéndolo, sé que lo hago bien. Pero no me gusta que me lean en voz alta ni recibir elogios en público. Me incomoda. Yo hago mis cosas bien hechas, con cuidado, con intención, y con que yo sepa que están bien, me basta. Cuando lo dicen en voz alta, me cuesta recibirlo.
Mis compañeros la leyeron y el profesor hizo comentarios, dijo que era una muy buena síntesis, que se sentía mi voz todo el tiempo. Lo agradezco, claro. Pero también reconozco que fue un momento incómodo, sentí ansiedad, quería que pasara rápido, una faceta mía que hasta hoy solo yo conocía. Aun así, me quedo con lo importante: el trabajo estaba bien hecho y le dio corazón.
Y ahí mismo me surgió algo que quiero dejarle como propuesta a Cobos, aprovechando este espacio:
De las 11 bitácoras que he publicado (esta sería la 12), ha compartido 6 en su X.
Las repostea, las comenta, cita frases. Eso, para mí, significa que le gustan, por algo las comparte. Pero solo le ha dado “corazón” a una: justo a la que leyó en clase ese día. Entonces dejo la inquietud: ¿podrían valer los compartidos como si fueran corazones? Porque al final el reconocimiento sí está, solo que en otro formato. Y, siendo honesta, ese formato me queda mucho más cómodo.
Ahora sí, entramos en los temas.
Antes de eso, el profesor habló de su hijo y de esas conversaciones cortas que tienen:
— ¿Cómo te fue hoy?
— Bien.
— ¿Tienes algo que hacer?
— No.
— ¿Estás bien?
— Sí.
Y ya.
Monosílabos. Conversaciones que no crecen.
Me pegó fuerte porque es real. Pasa en mi casa también, pasa en muchos hogares. Y ahí muere la comunicación. Me quedé pensando en eso porque tengo un primo pequeño y un ahijado a quienes adoro con mi alma, y siempre intento que conmigo no pase eso. Que haya tema, que haya espacio, que haya confianza para hablar más allá del “bien”, si desde pequeños sienten ese lazo, de grandes van a conectar mucho mejor con quienes los rodeen.
Y creo que por eso todo lo que vino después en la clase me conectó tanto.
Arrancamos con la triangulación de la información. Dicho simple: no quedarse con una sola versión. Cruzar datos para evitar errores y darle más peso a lo que estamos investigando. Encuestas para lo cuantitativo, entrevistas para lo profundo, observación para lo real.
Si lo llevo a mi proyecto del matadero, no me bastaría con encuestas. Necesito hablar con más gente: un carnicero y/o alguien que consuma carne sin cuestionárselo. Y contrastar todo eso con lo que yo ya vi.
Antes de aplicar cualquier instrumento para eso, entra el concepto de validación:
— De contenido: que las preguntas realmente apunten a lo que quiero medir.
— De criterio: que tengan relación con algo externo que ya existe.
— De constructo: que sí estén midiendo el concepto que dicen medir.
Luego vimos los tipos de triangulación: de fuentes, de métodos, de investigadores, teórica. Todo con un mismo objetivo: reducir error. La compañera que expuso el tema lo ejemplificó con el juego de teléfono roto y fue clarísimo. Cuando hay una sola voz, un solo canal, todo se distorsiona.
Después entramos a un tema que me pareció brutal: el “cazamentiras”.
Y ahí vuelvo a Ódiame. Porque en el amor también se miente. Cuando esa amiga te dice “ya no me importa”, “ya lo superé”, “no duele”. Y el cuerpo, la mirada, el tono… dicen otra cosa. Odiar a alguien que amaste no siempre es odio, creo que puede llegar a ser una forma de no aceptar lo que todavía se siente.
En fin, vimos los tipos de mentira:
— Piadosa
— Por omisión
— Falsificación parcial
— Falsificación activa
Al final todos los humanos somos mentirosos, y no lo digo con el fin de juzgar, más bien como una manera de aceptación que me permite comprender la sociedad, además, qué opaco sería el mundo sin nuestras perfectas imperfecciones. Regresando... hay distintos perfiles del mentiroso: ocasional, natural, profesional. Te invito a analizar en qué escala de mentiras posicionas tus interacciones.
También hablamos de algo fisiológico: mentir activa el cortisol y la adrenalina. El cuerpo reacciona, justo por esto es tan natural decir mentiras. Es clave conocer a la persona, su forma de hablar, de moverse, su línea base. Sin eso, todo sería suposición porque, aunque existen herramientas que nos permiten identificar mentiras, es un pecado capital generalizar algún comportamiento porque cada individuo es único en su actuar.
Después, otra historia personal del profesor. Su papá no era afectivo, no lo abrazaba, ni le demostraba cariño. Con el tiempo, y siendo un muy buen ejemplo de investigador, se dio a la tarea de entender el porqué del comportamiento de su padre y, entendió que no era falta de amor, era otra forma de haber aprendido a relacionarse. Su papá, en su época, ni siquiera podía mirar a su padre a los ojos. Era una figura de autoridad y el respeto se demostraba con este tipo de limitantes, era inconcebible sostenerle la mirada a tu progenitor.
Y ahí entramos a algo que para mí es clave: los ojos.
A mí me parece imposible no mirar a alguien a los ojos. Para mí, ahí pasa todo. Ahí se siente si hay conexión, si hay incomodidad, si hay verdad, si hay algo que no cuadra. Y más allá de lo funcional, en mi caso, también hay algo estético. Los ojos son demasiado lindos, cada mirada es un universo con miles de galaxias por descubrir. El color, la forma, las pestañas, si tienen lunares, si son claros, oscuros, si reflejan la luz. Me parece un punto de conexión muy fuerte.
Y justo desde ahí pasamos al tema de los accesos oculares.
La idea: los movimientos de los ojos pueden dar pistas sobre cómo una persona está procesando la información. Si recuerda algo visual, auditivo, si lo está construyendo, si lo está sintiendo. No es una verdad absoluta, porque, de nuevo, generalizar sería un error, pero sirve como guía.
Salimos a hacer entrevistas por el edificio de mi facultad. Y aquí me parece importante algo: los comunicadores somos una excepción.
Para nosotros es normal que alguien llegue y diga “¿te puedo grabar?” y uno diga “sí, dale”. Estamos abiertos, dispuestos. Pero eso no pasa igual en otras carreras. Estoy segura de que, si le hubiera preguntado a alguien de ingeniería o medicina que, si lo podía grabar en primer plano, la reacción sería distinta, más cerrada.
Entrevistamos al encargado del CPM (Centro de producción multimedia) y a una chica del estudio de televisión y fotografía. Los dos aceptaron de una. Y al analizarlos, cada uno movía los ojos distinto al recordar o responder. No hay una sola forma. Por eso se habla de calibración: conocer a la persona antes de interpretar. De igual manera adjunto aquí los videos para que tú mismo lo evidencies.
Entrevista 1: https://youtu.be/DdbzbvrWuQ0?feature=shared
Entrevista 2: https://youtu.be/c0k_WLP0f5Y?si=KufOAS36Yh3woxUa
Finalizando la clase también vimos la diferencia entre el cerebro racional (piensa, analiza, organiza el discurso) y el primitivo (emociona, reacciona, sobrevive). Uno puede decir “estoy bien” desde lo racional, mientras el cuerpo muestra otra cosa.
Y algo que me gustó mucho: el PEP.
Preguntar. Esperar. Preguntar.
El silencio en una conversación NO es incómodo si uno sabe sostenerlo, pese a que muchos de mis contemporáneos no estén de acuerdo. Al contrario, el silencio abre espacio. Da permiso. Hace que la otra persona complete la idea. Yo lo he usado sin saber que tenía nombre y funciona.
Y cierro con algo que no se dijo tal cual en clase, pero que me queda:
1. El silencio comunica.
2. No todo lo que parece mentira lo es, permítete conocer a cada individuo.
3. Mirar a los ojos construye confianza.
4. Cada persona tiene su propio patrón, no hay fórmulas universales.
5. Preguntar bien cambia completamente la respuesta.
Al final, todo vuelve al inicio. A cómo hablamos. A cómo sentimos. A cómo mentimos.
Y a todo lo que se alcanza a ver cuando uno de verdad se detiene a observar.
Gracias por leer.
Referencias
Richard Bandler, R., & John Grinder, J. (1975). The Structure of Magic I: A Book about Language and Therapy. Science and Behavior Books.
Albert Mehrabian, A. (1972). Nonverbal Communication. Aldine-Atherton.
Paul Ekman, P. (2009). Telling Lies: Clues to Deceit in the Marketplace, Politics, and Marriage (3rd ed.). W. W. Norton & Company.
Norman K. Denzin, N. K. (1978). The Research Act: A Theoretical Introduction to Sociological Methods. McGraw-Hill.
Uwe Flick, U. (2004). Triangulation in Qualitative Research. En U. Flick, E. von Kardorff & I. Steinke (Eds.), A Companion to Qualitative Research (pp. 178–183). SAGE.
Real Academia Española. (2023). Diccionario de la lengua española (23.ª ed.).
Daniel Kahneman, D. (2011). Thinking, Fast and Slow. Farrar, Straus and Giroux.
Antonio Damasio, A. (1994). Descartes’ Error: Emotion, Reason, and the Human Brain. Putnam.
Erving Goffman, E. (1959). The Presentation of Self in Everyday Life. Anchor Books.
Julio Jaramillo. (1960). Ódiame. [Canción].
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