Bitácora 4

No siempre llegar temprano garantiza que todo esté en orden.

Ese día el desorden no estaba en el salón, estaba afuera. El transporte colapsó. Muchos compañeros no lograron llegar a tiempo. Aun así, el profesor decidió empezar la clase por respeto a quienes habíamos llegado puntuales. Me gustó ese gesto. Hay algo en honrar la presencia que también construye ritual.

Y precisamente de rituales empezamos a hablar.

El profesor dijo algo que me quedó dando vueltas: que basta con fijarse en cómo come una persona para empezar a descifrar rasgos de su personalidad. Cómo sostiene los cubiertos. Si mezcla todo o separa. Si come rápido o lento. Si espera a los demás. Parecen detalles mínimos, pero no lo son.

Buscamos el concepto de ritual y encontramos que generan identidad, vínculo, sensación de control y reducen el estrés. Pensé en mis propias rutinas. En cómo a veces repetir ciertos gestos me calma. En cómo el orden externo compensa el desorden interno.

Empezamos a leer bitácoras nuevamente y el profesor hizo una observación importante: leer con intención, modular la voz, respetar el texto del otro. No se trata solo de pasar palabras, sino de sostenerlas.

Volvimos al debate sobre la multitarea. ¿Es de animales? ¿Es humana? En medio de la conversación el profesor mencionó que el hombre suele ser más básico, mientras que la mujer está pendiente de la cocina… del hijo…de varias cosas al mismo tiempo. La intención era argumentar que en realidad la multitarea no existe como la imaginamos.

Pero algo dentro de mí se incomodó.

No fue rabia. Fue una pequeña alerta. Como mujer, escuchar esa descripción me hizo preguntarme si no estábamos cayendo —aunque fuera de forma involuntaria— en un estereotipo cultural. Y ahí apareció una palabra que más tarde cobraría sentido: etnocentrismo.

El etnocentrismo es juzgar otra cultura usando la propia como medida. No necesariamente nace desde la maldad; a veces nace desde la costumbre. Desde lo que creemos “normal” porque así lo hemos vivido. Pensé que quizás esa afirmación partía de una experiencia generacional o cultural específica. No estaba mal. Pero sí era discutible.

Aquí recordé a Paul Watzlawick y su libro ¿Es real la realidad?, donde cuestiona justamente eso: la realidad no es un absoluto, es una construcción. Cada quien interpreta el mundo desde sus propios marcos. Entonces, ¿qué tan universal puede ser una afirmación sobre hombres y mujeres?

Después comenzaron las exposiciones. María Nieto y Ariadna presentaron sobre etnografía. Un método cualitativo donde el investigador se involucra, se sumerge en el grupo estudiado, observa desde dentro. No mira desde lejos; convive, participa, registra en un diario de campo.

Y aquí pienso en Avatar.

Jake Sully no estudia a los Na’vi desde una oficina. Se inserta en su comunidad. Aprende su idioma. Vive sus rituales. Es pintado. Tocado. Aceptado. “Ya eres un hijo del Omaticaya”, le dicen en un ritual que lo incorpora simbólicamente. Eso es observación participativa.

El diario de campo del que hablábamos en clases anteriores aparece representado en los registros que él hace sobre la cultura, en la película lo vemos en los videos que registra Jake cada día. La observación participativa es evidente: aprende cazando, volando, caminando con ellos. Y deja lo registrado, aunque después trae consecuencias para la tribu.

Pero la película también muestra el dilema ético.

En clase discutimos hasta qué punto el investigador debe mantenerse neutro. ¿Solo observa? ¿Solo registra? ¿Qué pasa cuando lo que observa es moralmente problemático?

Se mencionaron ejemplos reales: leyes en Afganistán que normalizan el maltrato hacia mujeres, prácticas como la mutilación genital femenina. Desde la postura clásica, el investigador describe hechos. No interviene. Pero el profesor dejó una pregunta abierta: ¿de verdad no podemos hacer nada? Dijo que lo veríamos en otra clase.

En Avatar se repite una lógica que la historia ya conoce: la de la colonización de América. Una potencia tecnológica llega a un territorio que no le pertenece, lo declara “atrasado”, subestima sus creencias y convierte la tierra en recurso. El oro ayer, el unobtanio hoy. La excusa cambia; la estructura se mantiene. Durante la colonización, muchos europeos asumieron que su religión, su idioma y su idea de progreso eran superiores, y desde ahí justificaron la imposición cultural y la violencia.


En Avatar, ese dilema se vuelve evidente cuando la empresa planea destruir la aldea porque está ubicada sobre el depósito más rico de unobtanio en 200 kilómetros. “Asesinar alienígenas se ve mal, pero lo que ven peor los inversionistas es un reporte financiero”. Reducen toda una cultura a un obstáculo económico. Una escena de etnocentrismo en Avatar es cuando el coronel  y los directivos de la empresa deciden destruir el Árbol Madre, que representa el mayor símbolo de espiritualidad para la tribu porque para ellos es un obstáculo.

Eso es etnocentrismo en su forma más cruda: minimizar al otro por no encajar en tu lógica de progreso.

La cura del etnocentrismo es el relativismo cultural. Entender que no existe una cultura superior a otra. Que cada sistema tiene coherencia dentro de su propio marco. En Avatar nos damos cuenta de esto cuando los personajes que antes apoyaban el capitalismo (doctora, la soldado, científico) deciden ayudar a Jake para evitar la destrucción del hogar de la tribu, pero esto se dio luego de conocer la cultura a fondo.

Por otro lado, Jake, al revelar su origen y misión, rompe la confianza de la comunidad. Ahí se ve el impacto real que puede tener un investigador dentro de un grupo que le abrió sus puertas. La traición es ética.

El concepto de “portero” también apareció en clase: esa persona que facilita el acceso a una comunidad. En la película, ese rol lo cumple Neytiri y, en cierta forma, su padre y madre. Sin ellos, Jake no habría sido aceptado. Me llamó la atención el término “portero”. Siempre lo había asociado al fútbol, a cuidar una portería. Nunca a custodiar el acceso simbólico a un grupo social.

Luego hablamos de las consideraciones éticas: consentimiento informado, no manipulación, representación justa del grupo. La etnografía no es solo desplazamiento físico. Viajar no garantiza comprender. Uno puede estar presente y seguir cegado por sus propios esquemas internos.

Hay que ponerse las gafas del otro. Y eso no es sencillo.

Al final de la exposición, el profesor anunció un trabajo: visitar un lugar que nos incomode. Un espacio al que normalmente no iríamos. Esa consigna me dejó inquieta. ¿Qué lugar me incomoda? ¿Qué esquemas internos tengo tan arraigados que me impiden entrar a ciertos espacios? Hasta hoy, mientras escribo esta bitácora, no tengo una respuesta clara. Quizá le preguntaré a mis amigos: “¿En qué lugar no me imaginarías nunca?”. Tal vez ahí encuentre una pista.

Después vino la exposición sobre etnografía virtual, basada en los planteamientos de Christine Hine y su libro. Este método adapta las técnicas etnográficas tradicionales para estudiar culturas e interacciones que nacen en espacios digitales.

Sus principios hablan de movilidad y flujo, interacción mediada, actividad intersticial y carácter parcial. El investigador se sumerge en comunidades online, observa dinámicas, interpreta significados. No hay un paso a paso rígido; el diseño se moldea según el contexto.

Hine critica a los futurólogos por extrapolar eventos aislados hacia futuros extremos. Y ahí conecté con algo más personal: a veces nuestra ansiedad funciona como un futurólogo interno. Toma un hecho pequeño y lo proyecta hacia escenarios catastróficos que aún no existen. Creamos realidades anticipadas.

También vimos el término netnografía, como el conjunto de procedimientos etnográficos aplicados específicamente en línea.

Cerramos con un Kahoot. Participé. Respondí rápido. Gané. El premio: un paquete de gomas. No como gomas. Se lo regalé a una amiga. Fue un cierre ligero después de una clase cargada de conceptos densos.

Salí pensando que investigar es confrontar prejuicios, revisar esquemas internos, reconocer incomodidades. Es aceptar que uno también carga etnocentrismos invisibles. El investigador no llega a corregir ni a “civilizar”, llega a comprender. Entra con consentimiento, escucha antes de interpretar, participa sin imponerse, reconoce sus propios prejuicios y entiende que su cultura no es la medida de todas las cosas. 

Quizá el verdadero ejercicio no es solo ir a un lugar incómodo físicamente. Tal vez el reto más grande es entrar en esas zonas internas donde nuestras certezas se sienten amenazadas.

Explorar al otro implica, inevitablemente, explorarse a uno mismo.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Bitácora 11

Bitácora 2