Bitácora 2
“Escribir es una forma de no olvidar, pero también de sostener lo que duele cuando la memoria y la emoción se vuelven frágiles.”
La clase inició de manera aparentemente común, pero con un giro que la hizo distinta desde el comienzo: las bitácoras que escribimos ya no permanecerían solo en el espacio académico, sino que serían publicadas en X, el antiguo Twitter. Este cambio introdujo una preocupación inmediata relacionada con mi huella digital. Lo que se escribe deja rastro, circula y permanece, y eso obliga a pensar con mayor cuidado qué se publica, cómo se dice y desde dónde se habla. Se trata de hacerme consciente de mis publicaciones.
La sesión abrió con la lectura de dos bitácoras de compañeras. El ejercicio dejó claro que la clase de Investigación Social se trata de construir proyectos que requieren una cultura del registro: dejar constancia de lo vivido para poder recordarlo, analizarlo y transformarlo en conocimiento. Registrar es una forma de memoria, pero también una forma de responsabilidad.
Debo admitir que esta clase me encontró especialmente dispersa. El dolor de los brackets, recién ajustados, se convirtió en una distracción constante. Mi atención iba y venía, hasta que el profesor compartió una anécdota profundamente personal: su madre está llevando un proceso de Alzheimer. Con una serenidad que admiro, habló del olvido, de la fragilidad de la memoria y del valor de lo escrito como una manera de resistir al paso del tiempo.
Ese relato me sacó completamente de la clase, aunque paradójicamente me conectó más con el tema. Pensé en mi abuela, que hoy está hospitalizada enfrentando un cáncer de estómago en medio de quimioterapias. Sin proponérmelo, la reflexión sobre la memoria me llevó a recordar la crónica que escribí sobre su enfermedad. En ese texto dejé huella de algo que no sabía cómo procesar de otra forma. Comprendí que, sin haberlo planeado, había aplicado la cultura del registro a una experiencia emocionalmente devastadora.
Autores como James Pennebaker sostienen que la escritura expresiva permite procesar el dolor, reducir la carga emocional y dar sentido a experiencias difíciles. Desde otra perspectiva, Paul Ricoeur afirma que la memoria y la narración son fundamentales para la construcción de la identidad: lo que no se cuenta, se diluye. En ese sentido, escribir no sana el cuerpo, pero sí puede sostener el alma.
Aquí quiero detenerme para reconocer algo que me impactó profundamente: la capacidad del profesor de hablar en voz alta de un tema tan íntimo como la salud de su madre. Para mí, abrirme frente a situaciones relacionadas con la enfermedad en mi familia es extremadamente difícil. Ver cómo él transforma su experiencia personal en un recurso pedagógico me resulta admirable y, al mismo tiempo, desafiante.
La clase continuó con la explicación de los niveles de pensamiento en la escritura de bitácoras: el nivel literal, que describe lo ocurrido; el inferencial, que permite concluir; el intertextual, que conecta ideas, textos y experiencias; y el nivel crítico, donde surgen preguntas posteriores. Me di cuenta de que suelo moverme con naturalidad entre lo intertextual y lo crítico, aunque entender esta clasificación me ayuda a ordenar mejor mis reflexiones.
Luego abordamos las small talks, planteadas explícitamente como una actividad de la clase. Se trata de conversaciones breves con desconocidos para ejercitar la observación, la escucha y la comunicación. Al reflexionar sobre esto, entendí que para mí no es algo nuevo. En mi casa solemos decir “ahí está el detalle”, y creo que ese detalle ha estado presente en mi vida desde siempre.
Aunque no siempre lo parezca, soy una persona cordial y me gusta interactuar con quienes me rodean. Conversar con una señora en el bus sobre sus preocupaciones, hablar con quien comparte conmigo el trayecto diario hacia la universidad, intercambiar palabras con actores, fotógrafos o compañeros de deporte, me ha llevado a oportunidades académicas, profesionales y humanas muy valiosas. El deporte, especialmente el baloncesto, ocupa un lugar especial en mi vida y se ha convertido en otro espacio de encuentro con grandes personas.
Conectado a eso, el profesor introdujo el concepto del tercer lugar de Rey Oldemburg, entendido como un espacio neutral que favorece la salud social. Pensé en hablar de esta teoría con mi papá, pero en este momento él está acompañando a su mamá en el hospital. Decidí dejar esta conversación pendiente, anotada, para retomarla en la próxima bitácora y entender mejor esta teoría desde su experiencia humana.
En el ejercicio de conversación de la clase se mencionó la ley de Kidlin, que plantea que si se puede escribir claramente un problema, ya se tiene la mitad de la solución. Mientras lo escuchaba, pensé nuevamente en la enfermedad de mi abuela. Me pregunté si escribir ese problema significa realmente encontrar la mitad de la solución a una enfermedad tan grande como lo es el cáncer. Tal vez no se trata de resolver lo irremediable, sino de encontrar claridad para habitarlo.
La clase también abrió una reflexión sobre el uso de las redes sociales y la pregunta de fondo: ¿quiero ser empleada o quiero construir una huella como persona natural independiente? Si sueño con ser reportera y cubrir eventos como unos Juegos Olímpicos o un Mundial, debo pensar qué tipo de presencia digital estoy construyendo hoy y si esta se alinea con ese proyecto de vida.
Después de este análisis, tomé la decisión de revisar mi Instagram y ver mis compartidos, durante esto noté que realmente me apasiona el deporte y el 80% de lo que comparto son logros de deportistas colombianos. Si lo quieren ver síganme en @majorubianomartinez.
Tras un breve descanso, hablamos de netiqueta: la convivencia en los espacios digitales. Reflexionamos sobre la escritura en mayúsculas, la ortografía, el respeto por los horarios laborales y los riesgos de no cuidar la huella digital. Casos de despidos, expulsiones universitarias y conflictos laborales funcionaron como advertencias claras.
Para mí esa clase cerró como un recordatorio de la fragilidad humana. La memoria, la creatividad y la concentración pueden desaparecer en cualquier momento, por adversidades que presenta la vida. Frente a eso, el registro se convierte en un acto de resistencia: escribir para no olvidar, escribir para comprender, escribir para dejar huella. Esta sesión fue, para mí, una confirmación de por qué estoy estudiando Comunicación Social y Periodismo, y de cómo la investigación social también es una forma de mirar hacia adentro, me está encantando hacer esto. Realmente es una terapia, uní pasión por la escritura con los procesos de aprendizaje académico y emocional.
Gracias, profe.
Profe, buen día
ResponderEliminarTe comparto mi segunda bitácora