Bitácora 11

“Toda comunicación humana es ambigua”.


Pero, ¿qué es ambiguo? 

Según la RAE, es algo que puede entenderse de varias maneras o que admite distintas interpretaciones. Y eso pasa más de lo que uno cree. En Colombia es muy típico decir “ahorita voy” y uno nunca sabe si eso significa en cinco minutos, en una hora o mañana. Depende de quién lo diga, del tono, del contexto. Uno entiende lo que puede, no necesariamente lo que la otra persona quiso decir. Pero bueno, no me desvío más.


Fue una frase que anoté y ya. En el momento no le di muchas vueltas, la escribí como tantas otras en el cuaderno. Pero terminó quedándose y se volvió el hilo de todo lo que estoy tratando de escribir aquí.


Como no es sorpresa, la clase de Cobos empezó leyendo más bitácoras de la semana pasada. Esta vez eran de unas compañeras. Retomamos la de María José sobre la marcha feminista, pero esta vez hablando de la encuesta. El profesor, junto con varios del salón, empezó a hacerle correcciones y aportes. Yo volví a ese texto desde otro lugar. No por repetir lo que ya había dicho, sino porque al releerlo con otro tema en la cabeza, empezaron a aparecer otras cosas.


Lo que más se me quedó no fue la marcha como tal, fue cómo ella contaba lo que escuchaba ahí. Historias distintas, incomodidades que no se dicen igual en todos los espacios, formas muy diferentes de vivir algo que, en teoría, es lo mismo. Y otra vez volví a ese punto: el feminismo no es una sola voz. Se arma entre muchas, entre generaciones, entre experiencias que a veces ni siquiera coinciden del todo. Pensaba en cómo, incluso dentro de un mismo espacio, cada quien está entendiendo algo distinto, está nombrando algo distinto. Y ahí vuelve la ambigüedad.


Ese día también el profesor pidió que leyéramos la bitácora de alguien más para construir nuestros propios textos. Yo no la leí en clase, la leí después, ya en mi casa, cuando subió el enlace de algunos ejemplos de estudiantes antiguos por Teams. Me llamó la atención que el usuario aparecía como “unknown”, sin nombre. Igual, la bitácora estaba muy bien escrita y me sirvió para ver cómo alguien más estaba aplicando el ejercicio del metamodelo en una conversación cotidiana. Era raro no saber quién lo había escrito, pero al mismo tiempo hizo que me concentrara más en cómo estaba construido el texto, en las preguntas, en la forma de llevar la conversación.


Ahora sí, lo que vimos en clase.


El metamodelo, desarrollado por Richard Bandler y John Grinder, es una herramienta que busca algo muy puntual: recuperar información que se pierde cuando hablamos. Parte de algo que ya había aparecido sin que lo nombráramos: uno nunca dice todo. Siempre hay partes que se quedan por fuera, otras que se transforman y otras que se exageran.


Antes de entrar a eso, hubo un dato que se me quedó muy claro. Albert Mehrabian plantea que las palabras pesan solo un 7% en la comunicación, el tono de voz un 38% y el lenguaje corporal un 55%. O sea, lo que uno dice es lo mínimo. El resto está en cómo lo dice y en lo que muestra sin palabras. El profesor lo conectó con los cavernícolas, con esa idea de que antes no había lenguaje estructurado como ahora, pero igual había comunicación. 


Para ejemplificar yo lo bajé a algo más cercano: ese “todo bien” que uno escucha todos los días de diferentes personas y que rara vez significa literalmente eso. Ahí es donde uno empieza a leer más allá de lo que se dice, gracias al tono y la comunicación corporal.


Volviendo al metamodelo, aparecen tres cosas clave: omisiones, distorsiones y generalizaciones. La omisión es cuando alguien deja información por fuera. La distorsión es cuando se interpreta algo como si fuera un hecho. Y la generalización es cuando todo se vuelve absoluto.


El ejercicio no es quedarse con eso, es entrar a preguntar. Pero no cualquier pregunta. El profesor insistía mucho en evitar el “¿por qué?” y cambiarlo por preguntas más concretas. ¿Qué pasó? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo exactamente? Preguntas que obligan a aterrizar lo que se está diciendo.


Lo intenté después en dos momentos.


El primero fue con mi primo, que tiene cinco años y compite en push bike, que son bicicletas sin pedales donde los niños se impulsan con los pies. Ese fin de semana tuvo una válida. En clasificación le fue bien y en la final todos pensábamos que iba a ganar. En la carrera, otro niño lo cerró, perdió el control y se estrelló contra un poste. Yo me metí a la pista sin pensarlo, lo levanté y me lo llevé cargado.


—Me caí muy duro —me dijo, llorando.
—¿Dónde te pegaste? —le pregunté.
—En la pierna… y aquí —se tocó el brazo.
—¿Y qué pasó? ¿Ibas rápido o te chocaron?
—Un niño me cerró… no me dejó pasar.
—¿Quién? ¿Lo viste?
—Sí… el de la bici azul.
—¿Y antes de eso ibas ganando o ibas atrás?
—Iba primero… pero después me caí.


Poco a poco dejó de ser solo “me caí muy duro”. Empezaron a aparecer detalles, momentos, acciones. Yo estaba tratando de calmarlo, pero al mismo tiempo estaba entendiendo mejor lo que había pasado. La frase inicial no alcanzaba a decir todo.


El otro momento fue con un amigo, hablando en el carro. Nosotros tenemos esa costumbre de irnos por conversaciones largas, medio intensas, de esas que empiezan en algo simple y terminan en preguntas grandes sobre la vida, el futuro, lo que estamos haciendo. Nos gusta hablar de cosas trascendentales, de esas que no siempre se dicen en cualquier conversación.


Ese día empezó así:


—Siento que hemos trabajado demasiado y no hemos vivido nada —me dijo.


La frase quedó sonando. Era grande, cerrada, casi definitiva.


—¿Nada? —le pregunté—. ¿Qué es “nada” para ti?


Se quedó callado un momento, como organizando lo que acababa de decir.


—Pues… no salir tanto, no descansar, no hacer cosas por gusto.


—¿Y trabajar en qué sentido? ¿Solo estudiar o todo?


—Todo. Estudiar, trabajar, pensar en el futuro. Como que siempre estamos en función de algo.


—¿Y eso está mal o depende?


—No sé… es necesario. Pero a veces siento que se nos va el tiempo.


—¿Y qué sería “vivir” entonces? Porque también puede significar muchas cosas.


—Tener tiempo… hacer planes sin que todo tenga un propósito. No sé, salir sin pensar que estoy perdiendo tiempo.


—¿Y sí no estamos viviendo o estamos viviendo de otra forma?


Se quedó pensando más tiempo.


—Puede ser eso… que estamos viviendo, pero distinto a como uno cree que debería ser ¿Sabes qué?, voy a hacer un “to do list” con las cosas que me gustaría hacer.


La conversación cambió solo por preguntar. Ya no era una frase absoluta. Empezaron a aparecer matices, dudas, incluso contradicciones. Lo que al inicio sonaba como una afirmación terminó siendo más bien una pregunta abierta.


Y mientras más lo pensaba, más se conectaba con lo que hacemos en investigación. Las encuestas, las entrevistas, las preguntas que uno formula. Todo parte de lo mismo. Si la comunicación es ambigua, entonces no da lo mismo cómo se pregunta. Una pregunta mal hecha no recoge lo que uno cree que está recogiendo.


También me hizo pensar en algo más personal. En cuántas veces uno escucha a alguien y cree que ya entendió, cuando en realidad solo completó lo que faltaba con sus propias ideas. En cuántas conversaciones se quedan en la superficie porque nadie hace una segunda pregunta.


Al final, no me quedé solo con la teoría del metamodelo. Me quedé con esa incomodidad de darme cuenta de que entender a alguien requiere más trabajo del que uno cree. Requiere escuchar, pero también detenerse, preguntar, incomodar un poco la conversación.


Y entonces vuelvo a la frase del inicio. Si toda comunicación humana es ambigua, la pregunta ya no es solo qué se dice, sino cómo lo estamos entendiendo. Qué tanto de eso viene del otro y qué tanto lo está poniendo uno. Y sobre todo, qué pasaría si en vez de quedarnos con la primera versión, empezáramos a preguntar mejor. Porque tal vez ahí, en lo que falta por decir, es donde realmente está lo importante.


Referencias 

Bandler, R., & Grinder, J. (1975). The structure of magic I: A book about language and therapy. Science and Behavior Books.


Bandler, R., & Grinder, J. (1976). The structure of magic II: A book about communication and change. Science and Behavior Books.


Mehrabian, A. (1972). Nonverbal communication. Aldine-Atherton.


Real Academia Española. (s.f.). Ambiguo. En Diccionario de la lengua española. Recuperado de https://dle.rae.es/ambiguo



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