Bitácora 9

“Ser consciente de los propios prejuicios permite abrir la mente y comprender mejor la realidad desde otras perspectivas”.


Empezamos desde ahí. Fue algo que atravesó toda la clase. La sesión arrancó leyendo bitácoras, pero rápidamente nos fuimos hacia algo más: la metacognición. Pensar sobre el pensamiento (suena muy filosófico, ¿no?). No es solo tener ideas, sino detenerse a mirarlas, cuestionarlas, incluso corregirlas. Entender que la mente no es neutra, que funciona con atajos. Y ahí entra un nuevo concepto: los sesgos cognitivos, como esas formas rápidas de interpretar la realidad que muchas veces terminan equivocándose y nublando nuestro pensamiento.

Un ejemplo particular es en Yo soy Betty, la fea, que me fascina repetir siempre que la dan. Al inicio, todos personajes asumían que Betty no era capaz de asumir el cargo solo por su apariencia. Nadie lo comprobaba, nadie lo cuestionaba, simplemente lo daban por hecho. Ese era el sesgo.

La metacognición aparece en el momento en que ese pensamiento se detiene, cuando alguien empieza a preguntarse por qué está pensando así. Eso se conectaba con algo que ya habíamos visto: la etnografía y el etnocentrismo. Porque cuando no cuestionamos lo que pensamos, terminamos mirando al otro desde lo propio, como si fuera la única forma válida de ver el mundo.

En mis apuntes apareció una palabra suelta: apofenia. En el momento en que revisé los apuntes para escribir esta bitácora no la entendí, pero después vi que era encontrar patrones donde no los hay, algo como ordenar el caos, como si la mente necesitara completar todo, incluso cuando se equivoca.

En medio de la clase pasaron cosas más cotidianas. Hubo quiz del tema, otra vez en pareja con Mariana Paz, y sí, un 4.6 que nos confirmó que, algo estábamos entendiendo. También hubo un momento curioso: la exposición sobre paradigmas no cargaba, y el profesor empezó a hablar para llenar el tiempo. Pero terminó siendo útil, porque nos dio como una antesala del tema, o bueno, prácticamente nos expuso todo el tema de la compañera.

Los paradigmas toman forma como maneras de ver el mundo. Formas completas de entender qué es real, cómo se conoce algo y cómo se investiga.

El paradigma positivista se centra en lo observable. Si lo pienso desde estos días de Semana Santa, sería como decir: si no se puede ver o medir, no entra. Por ejemplo, la figura de Jesucristo como entidad divina no sería algo comprobable, entonces, desde ese enfoque, no existiría como hecho científico. En cambio, sí se podrían medir cosas como la cantidad de personas que asisten a una procesión o el número de eventos religiosos.

El interpretativo cambiaba completamente la mirada. Ya no importa comprobar si algo existe o no, sino entender qué significa. Por ejemplo, la fe en la resurrección de Cristo no se mide, pero sí se vive. Cada persona la interpreta distinto, desde su historia, su familia, sus creencias. Ahí el conocimiento ya no es neutral.


El sociocrítico, en cambio, va más allá. Busca entender, pero también cuestionar para transformar la realidad. Por ejemplo, analizar cómo ciertas tradiciones religiosas se han mantenido en el tiempo, quién las sostiene, qué papel juegan en la sociedad. O incluso preguntarse si generan cohesión o si también pueden excluir. Aquí ya no se observa desde afuera, hay una intención de transformación.

Después en clase apareció el concepto de rapport. Que en teoría sonaba técnico, pero en la práctica era algo muy cotidiano: esa conexión con el otro que hace que una conversación fluya. No solo lo que se dice, es cómo se dice. Las miradas, el tono, los gestos. Una especie de sincronía.

Y ahí me di cuenta de que yo ya hacía eso. Sin pensarlo o ser consciente de ello. Pero ahora agradezco tener la capacidad de mirar a los ojos, ajustar el tono de mi voz, copiar ciertos movimientos que me permiten conectar con las personas (algo muy útil en mi salida de campo).

De hecho, ese mismo día, al salir de clase, lo probé con una amiga durante el almuerzo. La conversación se sintió igual de cercana que siempre, pero esta vez fui consciente de mis acciones y de cómo contribuían a que fluyera de esa manera. Me sorprendió darme cuenta de que yo también caigo en la dinámica del rapport, que funciona bidireccionalmente: uno genera la conexión y al mismo tiempo la recibe.

Esto pasa porque el rapport activa procesos de empatía y sintonía en el cerebro. Al reflejar inconscientemente los gestos, expresiones y tonos del otro, se liberan neurotransmisores como la oxitocina, que fomentan confianza y cercanía. Es un mecanismo social profundo, que explica por qué reaccionamos emocionalmente al estado del otro: lo que percibimos en gestos, mirada o tono, modula nuestras propias emociones y comportamientos. 

El profesor mostró un ejemplo muy simple que fue viral en redes: niños que lloraban por golpes que realmente no habían sufrido, pero reaccionaban por como respondía el adulto. Y aparte de parecerme de muy mal gusto utilizar a menores para generar métricas, me quedé pensando:

¿Cuántas veces lloré sin haberme golpeado realmente? ¿Cuántas veces reaccioné más por cómo los demás respondían que por lo que yo sentía? ¿Cuántas veces el gesto de un adulto definió mi reacción? ¿En qué momento aprendí a sentir a partir del otro? ¿Y cuántas de esas respuestas siguen ahí hoy, sin que me dé cuenta?

Después todo eso se conectó con mi lugar de investigación. En el matadero, el rapport dejó de ser teoría. La conversación con la persona que me acompañó no se dio solo por las preguntas, sino por la forma. Hubo un punto en el que el espacio se volvió más abierto, más personal. No porque yo insistiera, sino porque ya había confianza, y me siento orgullosa de haberlo logrado.

Al final, la clase no se quedó en definiciones. Se quedó en otra cosa. En entender que pensar no es automático, que los sesgos están ahí todo el tiempo, que entender al otro implica revisar lo propio. Y que muchas cosas que uno ya hacía sin darse cuenta cambiaban cuando se volvían conscientes.

Y tal vez eso fue lo más importante. Que la investigación no empezaba afuera. Empezaba en la forma en que uno miraba, interpretaba y se relacionaba con el mundo. Porque antes de preguntar, uno ya estaba pensando. Y aprender a ver ese pensamiento era, de alguna forma, el primer paso para entender todo lo demás.




Referencias 

Fogg, B. J. (2003). Persuasive technology: Using computers to change what we think and do. Morgan Kaufmann.

Carney, D. R., & Hall, J. A. (2000). Expressing emotion through posture and gesture. Journal of Nonverbal Behavior, 24(4), 239–259. https://doi.org/10.1023/A:1006674003056



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