Bitácora 6

“Yo gozo más trabajando con la gente humilde que con los sabihondos, porque con ella he aprendido lo auténtico y positivo de Colombia”.

— Orlando Fals Borda


La sexta clase de Investigación Social empezó como siempre: escuchando las bitácoras de algunos compañeros. Sin embargo, antes de llegar a ese momento, la mañana empezó con una pequeña carrera contra el tiempo.


Vivo a unos veinte minutos de la universidad, en Cajicá, y ese día mi transporte me canceló a las 6:50 de la mañana. La clase comenzaba a las 7. Entré en pánico porque teníamos control de lectura y además ese día exponía con Mariana Paz. Salí corriendo a buscar un bus que se demoró unos diez minutos en pasar. Cuando finalmente llegó, le pedí al conductor —casi suplicando— que fuera lo más rápido posible porque tenía una evaluación importante en la universidad.


El conductor resultó ser muy amable. Durante el trayecto terminamos haciendo un small talk. Incluso le ayudé a recibir el dinero de quienes subían al bus y a pasar las monedas hacia adelante para agilizar el proceso. Fue una escena cotidiana, pero curiosa: dos personas que no se conocían colaborando para que el tiempo alcanzara.


Llegué a la universidad hacia las 7:20 de la mañana, justo a tiempo para el inicio de la clase.


Después de leer algunas bitácoras, el profesor compartió una anécdota personal que me resultó llamativa. Contó que en una ocasión, en su rol como investigador, asistió a una iglesia de una religión distinta a la suya. Esa experiencia lo llevó, al regresar a su casa, a cuestionar su propia fe y las prácticas religiosas con las que había crecido. A partir de esto planteó una reflexión: cuando se realizan salidas de campo en contextos distintos al propio, es importante tener claridad sobre las convicciones personales para no perderse completamente en la experiencia y poder mantener el rol de investigador.


Mientras escuchaba eso pensé inmediatamente en una decisión que ya había tomado para mi proyecto de investigación. Quiero hacer una salida de campo a un matadero. Soy vegetariana y tengo una postura animalista bastante marcada, así que solo imaginar ese lugar ya me genera ansiedad. Aun así decidí hacerlo porque considero que esas emociones también forman parte del proceso de investigación. Ir a un matadero implica observar una realidad que existe y que me confronta, y tratar de comprenderla.


Cuando le conté al profesor mi propuesta, la aceptó inmediatamente. Luego le preguntó a los demás compañeros a qué lugares tenían pensado ir para sus investigaciones. Algunos mencionaron casinos, otros cárceles y otros fundaciones sociales. El profesor iba dando retroalimentación caso por caso. Incluso cuando alguien habló de un casino hizo la aclaración de que no lo usaran como excusa para pedir dinero a los papás y luego apostarlo.


Después llegó el momento del control de lectura. Podíamos hacerlo en parejas y yo estaba con Mariana. Las dos habíamos estudiado bastante, así que el resultado fue bueno. Terminamos en primer puesto dentro de la dinámica de evaluación que organizó el profesor y obtuvimos una calificación de cinco. Es uno de esos momentos de orgullo académico que aparecen cuando el trabajo previo realmente se refleja en el resultado.


Pero inmediatamente después venía el siguiente reto: nuestra exposición sobre Investigación Acción Participativa (IAP). El profesor ya había mencionado que ese era su tema favorito dentro de la investigación social. Cuando escuché eso sentí una presión particular por explicarlo bien. Además solo teníamos quince minutos para toda la exposición porque el tiempo se había ido en la lectura de las bitácoras.


Antes de contar cómo nos fue exponiendo, ocurrió una escena que me dejó pensando. Ese día jugaba mi equipo de fútbol, Millonarios, así que llegué al salón con la camiseta del equipo. Ni siquiera había saludado a mis compañeros cuando recibí dos comentarios. Uno dijo que ese día íbamos a perder y otro preguntó por qué tenía la camiseta de un equipo tan malo.


Sé que no eran ataques personales hacia mí, pero sí hacia algo con lo que me identifico. Es una escena pequeña dentro de un salón de clase, pero me hizo pensar en lo rápido que aparece la confrontación cuando alguien expresa una preferencia distinta. Desde la perspectiva de la investigación social, sé que esto puede entenderse a través del concepto de etnocentrismo, que describe la tendencia a evaluar las prácticas o identidades del otro desde los propios criterios, asumiendo implícitamente que los propios son los correctos o los normales. En contextos culturales más amplios esto se observa en relaciones entre comunidades o culturas. En este caso fue en un salón de clase.


Cuando terminó la clase, el profesor me contó una historia sobre un estudiante suyo que era hincha de Independiente Santa Fe y que terminó haciendo su investigación asistiendo a las barras de Millonarios. Incluso me propuso esa posibilidad como tema de investigación: acercarme a una barra del equipo rival.


Cuando lo pensé con calma me di cuenta de algo que me resultó curioso. Me resulta más fácil imaginarme entrando a un matadero que acercándome a la barra de un equipo rival. Esa diferencia me hizo pensar en los límites de mi propia apertura hacia ciertas experiencias.


Desde la fenomenología, desarrollada por Edmund Husserl, se plantea que comprender una experiencia implica intentar suspender los prejuicios para observar el fenómeno desde la perspectiva de quienes lo viven. En la práctica, ese ejercicio no siempre resulta sencillo, especialmente cuando el fenómeno toca identidades que se sienten muy propias. La pasión por un equipo de fútbol puede activar ese tipo de resistencias.


La etnografía, por su parte, propone acercarse a los contextos culturales desde adentro mediante observación participante, con el objetivo de comprender las lógicas internas que organizan la vida de un grupo. Pensar en estas posibilidades también me llevó a observar mi propia reacción. La investigación social, en ocasiones, obliga a reconocer los límites desde los cuales uno mismo observa el mundo.


En medio de todas estas reflexiones, retomamos finalmente la exposición sobre la Investigación Acción Participativa (IAP). Explicamos que este enfoque propone una forma distinta de investigar los fenómenos sociales: no se limita a observar las comunidades desde afuera, sino que busca construir conocimiento junto con ellas y generar procesos de transformación dentro de la realidad que se estudia. En Colombia, este enfoque fue desarrollado con fuerza por Orlando Fals Borda, quien planteó que las comunidades debían participar activamente en la producción del conocimiento sobre sus propios problemas.


En ese sentido, la investigación deja de ser únicamente un ejercicio académico y se convierte en un proceso colectivo de comprensión y acción. A través de herramientas como testimonios, historias de vida, encuestas y análisis compartidos, las personas que viven una problemática participan en la interpretación de su propia realidad y en la búsqueda de posibles soluciones.


Para nutrir este tema es importante mencionar la influencia de Paulo Freire, especialmente en lo relacionado con la concienciación y la educación liberadora. Su propuesta plantea que el conocimiento surge del diálogo y de la reflexión colectiva sobre la realidad, una idea que conecta directamente con el espíritu participativo de la IAP.


Al final de la clase, cuando el tiempo ya casi se había terminado, el profesor nos pidió buscar en internet una frase relacionada con el tema visto. Fue en ese momento cuando encontré las palabras de Fals Borda con las que inicia esta bitácora. La frase vuelve a señalar algo que atravesó toda la discusión de la clase: el conocimiento no se produce únicamente en los espacios académicos. También está presente en las experiencias, saberes y memorias de las comunidades.


Volver a la Investigación Acción Participativa después de todo lo ocurrido durante la clase —la carrera para llegar a tiempo, las discusiones sobre salidas de campo, las reacciones dentro del salón y la exposición— deja una idea clara: investigar implica aprender a mirar de otra manera, reconocer al otro como parte del proceso de conocimiento y entender que la realidad social se comprende mejor cuando quienes la viven participan en su interpretación.


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