Bitácora 5

“Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio.” — Albert Einstein


Esa frase se me quedó dando vueltas toda la semana. El profesor empezó mostrándonos ejemplos de investigaciones que realmente ponen a prueba a quien investiga, como el caso de una estudiante que hizo trabajo de campo en un prostíbulo y luego comparábamos su relato con el de un chico que observaba el mismo lugar. El espacio era exactamente el mismo, pero la manera de narrarlo cambiaba por completo. Ahí fue cuando entendí que la experiencia nunca es neutra, siempre pasa por el filtro de quien la vive.


Desde la fenomenología de Edmund Husserl se plantea estudiar la experiencia tal como se presenta a la conciencia, buscando su esencia. Como método implica definir el fenómeno, recoger las vivencias de quienes lo experimentan, aplicar el epojé —esa suspensión del juicio—, analizar los relatos y finalmente describir la estructura esencial de lo vivido. En el papel suena claro. En la vida diaria es mucho más desafiante.


En clase también vimos el “Doll Test”, donde niños pequeños ya tienen asociaciones marcadas frente al color de piel de las muñecas. Y analizamos la intervención #Yolocaust de Shahak Shapira, que confronta la forma en que muchas personas se tomaron fotos “aesthetic” en el Memorial del Holocausto en Berlín sin dimensionar lo que ese lugar representa. Todo giraba alrededor de lo mismo: percepción, prejuicio, conciencia.


Ahora: el ejercicio de observarnos durante tres días.


Yo estudio en Cajicá, pero los fines de semana regreso a mi pueblo, Zipacón. El viernes llegué con esa tranquilidad aparente de estar en casa, aunque por dentro tenía ansiedad por la cantidad de trabajos y parciales acumulándose. Ese día fui al colegio de mi primo pequeño, que se había lanzado como representante de su curso de jardín, algo como el personerito. Durante días hizo campaña con una emoción genuina, carteles con su foto y discursos cortos. Llegó el momento del conteo y fuimos con sus papás a acompañarlo.


Al inicio todo era risa. Los niños se tomaban el conteo como juego. Pero cuando empezó a notarse que él iba quedando en tercer lugar, el ambiente cambió. Cuando anunciaron el resultado final y quedó de tercero, se lanzó a llorar encima de su mamá, gritó, hizo pataleta. Si me limito a describir: un niño llora desconsolado, una madre contiene lágrimas y tensión en el rostro, un padre respira hondo y habla de aprendizaje. Internamente yo sentí una impotencia inesperada, como si la derrota me perteneciera. Me di cuenta de que estaba viviendo la situación desde un lugar emocional muy involucrado. Observé también cómo la frustración parecía repetirse entre madre e hijo, casi como un eco. El papá sostenía otra energía, más pausada. La misma escena, tres vivencias distintas.


El sábado ayudaba a mi mamá en su tienda fritando empanadas. Tenía el aceite caliente y ella, sin calcular, movió un recipiente con agua que salpicó el sartén. El aceite me cayó en el estómago y reaccioné de inmediato, con tono molesto. Ella respondió diciéndome que yo me creo superior, que siempre estoy juzgando. Esa frase me atravesó. Me dolió más que la quemadura. Me fui, me encerré en casa de mi abuelita materna, me aislé con mis pensamientos y con la culpa de no estar avanzando en mis responsabilidades académicas.


Esa noche mi mamá tenía turno de acompañar a mi abuela paterna en el hospital. Mi abuela está atravesando una enfermedad delicada desde hace meses y la familia se organiza para no dejarla sola (ver bitácora 2). Yo no me despedí bien. Se fue y me quedé pensando en cómo, cuando la vida se vuelve frágil, los pequeños gestos adquieren un peso enorme.


El domingo, en casa con mi papá y mi hermana, moví una cortina y sin querer una pieza golpeó levemente a mi papá. Su reacción fue inmediata, molesta. Sentí el juicio, me afectó y me fui a almorzar sola. Era la misma dinámica del día anterior, solo que ahora yo estaba en el otro lado.


Después de vivir esos tres días me quedé pensando: qué complicado, qué curioso y hasta qué raro observarse desde afuera. Detenerse y analizar por qué reaccioné así, por qué esa frase me dolió tanto, por qué asumí como propia la frustración de mi primo. Mirarme casi como si fuera otra persona y notar que los patrones se repiten. La frustración del niño reflejada en la mamá. Mi reacción frente a mi mamá repetida luego por mi papá frente a mí. Ciclos que parecen heredarse en la manera de expresar el enojo o la impotencia. Es fuerte reconocer que muchas veces actuamos desde aprendizajes emocionales que vienen de casa y que se activan casi automáticamente.


El video de Cristiano Ronaldo lo vi después en mi casa, porque el profesor lo envió como material de apoyo. Allí se hablaba de cómo la percepción pública y algunas declaraciones construyen una imagen de arrogancia o superioridad alrededor de él. Eso me hizo pensar en el comentario de mi mamá. En cómo a veces el juicio del otro puede estar atravesado por su propia interpretación, pero también en cómo algo me afecta dependiendo de lo que yo ya tenga adentro. No reaccioné solo por lo que ella dijo, sino por lo que esa frase tocó en mí.


Si tomo estos días desde la lógica de la Teoría Fundamentada, aparecen categorías que se repiten: reactividad, sensibilidad al juicio, autoexigencia constante, culpa por no avanzar lo suficiente. De ahí podría emerger una categoría central relacionada con la presión interna que atraviesa mis experiencias. No partí de una teoría para encajar lo vivido; más bien lo vivido empezó a mostrar su propio patrón.


La fenomenología propone describir la experiencia y buscar su esencia. En mi caso, la esencia que empiezo a notar tiene que ver con cómo interpreto lo que ocurre a mi alrededor y cómo esa interpretación está cargada de historia familiar, expectativas personales y miedos. Entiendo ahora que suspender el juicio no solo aplica para observar fenómenos sociales externos, también implica detener la crítica inmediata hacia uno mismo y hacia quienes me rodean.


Sigo pensando en la frase inicial. Los prejuicios aparecen en lo cotidiano, en la forma en que interpreto una palabra, un gesto o una derrota ajena. Esta semana no eliminé ninguno de raíz, pero al menos logré verlos aparecer en tiempo real. Y eso ya cambia la manera en que me observo.

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