Bitácora 1

 “Todo aprendizaje está fuera de la zona de control”. Qué complicado aceptar que no puedo controlar mi aprendizaje.


 La clase ya había comenzado cuando llegué. Un enganche entre mi wheel´s y una moto retrasó un poco mi entrada, así que me incorporé cuando el profesor ya se había presentado. Volvió a decir su nombre: Juan Sebastián Cobos. No tengo idea de quién es, me dije, pero su nombre me resultó curiosamente familiar, como si lo hubiera escuchado antes, sin poder ubicarlo.

 Decidió romper el hielo con una actividad. Nos pidió sacar una hoja. En esta era digital, no fue sorpresa que muy pocos tuviéramos cuaderno, la mayoría trabaja desde iPads y computadores. Quienes sí teníamos papel compartimos con los demás. Luego dio la instrucción: colocar la hoja sobre la mesa, cruzar las manos y cerrar los ojos. “Este profesor nos va a poner a meditar”, pensé.

 Nos pidió imaginar un objeto con el que nos sintiéramos identificados, uno en el que nos viéramos reflejados, lo primero que llegara a la cabeza. Se me vino enseguida en un balón de baloncesto, pero al instante me di cuenta de que estaba sesgada: al abrir la maleta para sacar el cuaderno había notado que se me habían quedado las zapatillas del entrenamiento de esa tarde. Repetí el ejercicio y apareció otro objeto: un sombrero blanco de ala amplia, ceñido por una cinta negra sencilla. Me recordó a mi pueblo y a su gente. Qué apegada soy, lo reconozco. Además, lo uso cuando tengo presentaciones de danza, danzo folclor desde que tengo memoria.

 “Ahora dibújenlo en la hoja”, ordenó el profesor. Ojalá se entienda, pensé al terminar mis trazos. Luego recogió los dibujos y los repartió de forma aleatoria. “Revisen que no les haya salido el suyo”, dijo. Y, oh sorpresa, me tocó mi propio sombrero. “Preciso, te salió la tuya”, comentó él mientras me daba otra hoja.

 La nueva consigna fue observar el dibujo asignado y escribir, al reverso, qué creíamos que podía haber detrás de la personalidad de quien lo había hecho. “Estamos en investigación social —señaló—, vamos a ver quiénes son buenos investigadores”. Sobre mi mesa apareció un dibujo de un tocadiscos y el logo de YouTube, ubicados en el centro de la hoja. Escribí: creativo, amante de la música, calculador, buen diseñador. Cuando la persona escuchó la lectura, aseguró que había acertado en varias cosas, y me consolé con saber que al menos había leído bien algo de él.

 El profesor observó mi letra y resaltó que quizá me había descrito indirectamente a mí misma, y que por lo que veía en la escritura parecía alguien muy centrada. Me alegró escucharlo. Al final, cuando llegó al último papel —justo el mío—, leyeron lo que habían escrito sobre mí: creativa, detallista, perfeccionista, delicada, ordenada y de personalidad madura. La chica que me leyó tuvo un muy buen instinto. Supongo que cada estudiante proyectó también sus propios recuerdos y referentes en la actividad.

 Con eso cerramos el ejercicio inicial y entramos de lleno en la metodología del curso. Debo leer cuatro textos para el parcial —anotado— y el docente recomendó el uso de la IA Perplexity como herramienta de apoyo —anotado también—. Para él es fundamental estructurar la clase a partir de teorías de enseñanza que ha estudiado y que, según su experiencia, funcionan.

 Nos habló del cono del aprendizaje y del de la experiencia de Edgar Dale, una teoría que explica cómo recordamos mejor aquello que vivimos y experimentamos activamente, y cómo el aprendizaje se vuelve más débil cuando solo escuchamos o leemos de forma pasiva. Para ilustrarlo, contó una anécdota de una clase de química de su época de estudiante: no recuerda casi nada de los contenidos, excepto una advertencia que nunca olvidó —no mezclar ron con Coca‑Cola—. Ese recuerdo, aunque trivial, se fijó porque estuvo ligado a una experiencia concreta. Así entendí que la teoría de Dale se trata de recordar mejor a partir de la vivencia.

 También explicó la taxonomía de Bloom, una pirámide que jerarquiza los procesos cognitivos y busca potenciar nuestras habilidades de pensamiento. Según esta, el aprendizaje avanza por distintos niveles: recordar (uno que me cuesta un poco), comprender (ese se me da mejor), aplicar (aquí depende), analizar (en eso soy buena), evaluar (tal vez me excedo) y crear (sí, definitivamente soy creativa). Para esta clase añadió un último nivel: publicar, que definió como la meta final de cada trabajo que hacemos en la universidad.

 Finalmente, hablamos de la técnica de Ulises, lo que me llevó a recordar —con algo de culpa— las historias de Homero que nunca terminé de leer en el colegio por pura flojera. Esta vez me propuse leerlas. Analizamos cómo, al igual que Ulises, es necesario tomar decisiones inteligentes en el presente que nos obliguen a actuar de cierta manera en el futuro.

 Eso fue exactamente lo que hice. Como reportera, anoté cuidadosamente las palabras del profesor para escribir estas bitácoras semanales que solicita. Sé que, si no escribo ahora, luego me dará pereza sentarme a recordar lo aprendido. Además, advirtió que en la próxima clase leerá la bitácora de alguno de los estudiantes que para él son nuevos, incluida yo.

 Así, sentada en la biblioteca de la universidad y escribiendo de afán en el teclado porque tengo otra clase, concluyo mi primera bitácora de Investigación Social.

 Como cierre, pienso que esa sesión inicial me permitió comprender que la investigación social no comienza en el trabajo de campo ni en la lectura de textos densos, por ahora, sino en la capacidad de observar, interpretar y cuestionar incluso los gestos más cotidianos. La actividad del dibujo evidenció cómo, a partir de información mínima, tendemos a construir perfiles, identidades y narrativas sobre los otros, un ejercicio que resulta inevitable en la investigación, pero que exige responsabilidad y conciencia de nuestros propios sesgos. Entender esto desde el primer día me sitúa frente a un reto personal: aprender a investigar sin imponer mis certezas, reconociendo que toda mirada está mediada por la experiencia, la memoria y la emoción. En ese sentido, esta clase abrió un proceso de autoconocimiento indispensable para investigar lo social con rigor, sensibilidad y ética.


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