Bitácora 3


En investigación social vamos de explorar primero a confirmar después.


Y quizá esa frase resume no solo la metodología de la clase, sino también mi estado actual: estoy explorando, intentando entender, antes de poder confirmar cualquier certeza sobre lo que siento, lo que aprendo y lo que quiero hacer con todo esto.

La clase comenzó como ya es costumbre: leyendo las bitácoras de algunas compañeras. Hay algo interesante en escuchar la voz de los otros narrando lo mismo que yo viví, pero desde otra sensibilidad. Antes de empezar, el profesor hizo algunas recomendaciones técnicas. Nos habló de cuidar el lenguaje, de poner cursiva y negrilla a las palabras que le requieren. Fue un pequeño llamado de atención al detalle, a la precisión, a escribir con intención.

Luego llegó el turno de la segunda bitácora que se leería ese día: la de Nieto, exclamó el profesor. Sonó música mientras inició la narración. Confieso algo: yo no sabía quién era Nieto. No conozco ni a la mitad del salón todavía. Tuve que buscar la bitácora en la plataforma para saber quién la había escrito. Ahí descubrí que se llamaba María. Ese pequeño acto —buscar su nombre— me hizo consciente de lo poco que aún me he permitido conocer a quienes comparten este espacio conmigo.

Mientras sonaba la música durante la lectura de la bitácora de María, algo curioso pasó conmigo. Por momentos me fui. Mi mente divagaba. No estaba completamente ahí. Si alguien quiere entender mejor por qué, tendría que leer mis bitácoras anteriores. No han sido días fáciles. Sin embargo, la música me trajo de vuelta. Me ayudó a enfocarme, a volver a la clase. A veces un detalle sensorial sostiene lo que emocionalmente tambalea.

El profesor nos dijo algo que me quedó sonando: que esperaba que escribiéramos las bitácoras por gusto. Que le alegra que lo estemos haciendo, que se nota el esfuerzo y el estilo de cada uno. Y es verdad. Todas las que han pasado tienen una narrativa cuidada, personal. Escucharlas me recordó que desde pequeña me ha gustado escribir. Incluso a mano. Llenar hojas con historias, pensamientos, frases sueltas. Hoy, en cambio, me siento un poco perdida, no porque no me guste escribir, sino porque, para mí, escribir exige claridad emocional, y a veces esa claridad no está.

La clase continuó con un tema que parecía conocido: los enfoques de investigación. Cualitativo y cuantitativo. Palabras y números. Letras y estadísticas. Lo habíamos visto en el colegio, en estadística, en otras materias. Pero esta vez no era lo mismo. Se trató de entender cuándo entra cada enfoque en la investigación social.

 Hicimos una lluvia de ideas.

 Cualitativo: palabras, historias, subjetividad, comprensión, profundidad.
 Cuantitativo: números, objetividad, comprobación, medición.

El profesor nos pidió organizarnos en parejas. No tomé la iniciativa. Terminé trabajando con una niña que también estaba sola. Hicimos nuestra presentación y nos entretuvimos creando las imágenes de apoyo con IA.

Llegó nuestro turno y pasé al tablero. Escribí “soft” y “hard”. Después de varias preguntas del profesor, logré explicar que asociaba lo cualitativo con lo “soft”: flexible, interpretativo, contextual. Y lo cuantitativo con lo “hard”: estructurado, medible, concreto. Al final lo aceptó. Sentí alivio.

Mientras tanto, algo más llamó mi atención. El tablero estaba lleno de ideas y palabras regadas, dentro de su clasificación. Cuando me levanté y lo vi desde atrás, despertó mi lado más obsesivo. Quería organizarlo. Y ahí me pregunté: ¿ese impulso es cualitativo o cuantitativo? ¿Estoy intentando comprender el caos o medirlo?

Quizá investigar socialmente es: primero observar el desorden, dejar que las ideas fluyan, permitir la subjetividad. Luego estructurar, categorizar, validar.

Me quedo pensando que esta frase no solo aplica a la investigación. Aplica a la vida. A veces queremos confirmar sin haber explorado. Queremos certezas sin haber atravesado la experiencia. Y la experiencia no siempre es cómoda. No siempre es ordenada. No siempre tiene variables claras.

Más tarde, no sabía exactamente qué íbamos a hacer hasta que apareció la primera pregunta del juego. Me tomé demasiado tiempo respondiendo la primera, intentando que fuera perfecta. Luego mi compañera me explicó que mientras más respuestas acumuláramos, más brecha podríamos generar entre correctas e incorrectas. Había que arriesgarse.

Empezamos a responder rápido. Pero, aunque las respuestas fueran correctas, perdíamos puntos. No ganábamos nada con los comodines. Luego empecé a responder yo y, curiosamente, tuve suerte. Subimos. Íbamos de primeras. Hasta que alguien nos robó la mitad de los puntos. Después perdí otro 50%. Terminamos sextas. La nota: 4.4. No me dejó completamente satisfecha, pero entendí mejor la dinámica.

Quise aterrizar los enfoques con ejemplos más narrativos, más cercanos a mi forma de entender el mundo. Pensé en películas animadas.

Si hablamos de enfoque cualitativo, lógica inductiva, de lo particular a lo general, pienso en “Intensamente” . La película explora la experiencia emocional de una niña específica, Riley. A través de su historia particular, entendemos algo más amplio sobre las emociones humanas. No se cuentan cuántas veces alguien siente tristeza; se explora cómo se vive, qué significado tiene, cómo transforma. Es profundo, subjetivo, contextual. Busca comprender el “por qué”.

 En cambio, si pienso en un ejemplo cuantitativo, lógica deductiva, de lo general a lo particular, imagino “Los Increíbles”. Allí hay reglas generales sobre los superhéroes, prohibiciones, categorías estructuradas. El conflicto parte de una normativa amplia que luego afecta casos individuales. Lo cuantitativo busca medir, clasificar, traducir la realidad en variables. Cuántos superhéroes, cuántos daños, cuántas demandas. Es más estructurado, más lineal.

En lo cualitativo, el investigador está involucrado, participa, observa desde dentro —in vivo—. En lo cuantitativo, se busca neutralidad —in vitro—. En el primero, el análisis ocurre simultáneamente con la recolección de datos; en el segundo, se recolecta primero y se analiza después. Uno es flexible, el otro sigue una estructura rigurosa.

El profesor nos contó una anécdota sobre cuando trabajó en Transmilenio. Querían aplicar una estrategia usada en un país asiático para el transporte público. Allá funcionaba. Aquí no. El contexto importa. Lo que sirve en A no necesariamente funciona en B.

 
Hoy me siento más en la etapa de exploración que de confirmación. Exploro mis emociones, mi cansancio, mi gusto por escribir, mi dificultad para estar completamente presente cuando el ánimo pesa. Exploro también la forma en que aprendo, cómo compito en un juego académico, cómo me incomoda perder puntos, cómo me alegra que el profesor valide una idea mía después de insistir.

Tal vez la materia de investigación social no solo me está enseñando metodologías. Me está enseñando a observarme con la misma rigurosidad con la que observo el tablero lleno de conceptos.

 Explorar primero. Confirmar después.

 Y aceptar que, mientras tanto, está bien no tener todo en orden.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Bitácora 11

Bitácora 4

Bitácora 2